La polémica actuación de Gwar desata la indignación de la derecha estadounidense tras simular la muerte de Trump y Musk en pleno concierto


¿Puede el metal seguir escandalizando en pleno 2025 o la provocación es ya un arte extinto? Si pensabas que la era de los sobresaltos en el rock había pasado a mejor vida, pon el foco sobre GWAR: los extraterrestres mutantes del metal siguen demostrando por qué nadie está a salvo de su sierra eléctrica… ni Trump, ni Musk, ni el sentido común.

Escándalo en Chicago: GWAR desata la furia de la derecha al eviscerar a Trump y Musk sobre el escenario

Chicago, Riot Fest, hordas de punkis y metalheads agitándose bajo un sol de justicia o tal vez diluviando (¿es que importa?). De pronto, una escena propia de los carnavales más macabros: un Donald Trump de plástico, con peluca imposible y rostro caricaturesco, es abierto en canal, salpicando al público con chorros de sangre falsa. Cuando aún no se han secado las reacciones, entra el segundo plato: un Elon Musk descabezado por la motosierra del mismísimo Blöthar, con camiseta “D.O.G.E.” para el toque memético. Tan excesivo y grotesco como solo GWAR sabe —y quiere—.

El espectáculo ha estallado, pero no solo en la tarima: en cuanto los vídeos han circulado por X (el ex-Twitter de toda la vida), los guardianes de lo políticamente correcto y los adalides de la indignación permanente se han lanzado a degüello. Cuentas conservadoras como Libs of TikTok han estampado su indignación en mayúsculas, con acusaciones de incitación a la violencia. Los comentarios llueven: “¡Esto es repugnante!”, “¿Normalizar la violencia desde un escenario?”, “Los demócratas no pueden evitarlo, les encanta el espectáculo sangriento”. Pero los fans del metal, y especialmente los veteranos de GWAR, ni se inmutan: para ellos, esto es solo otro martes cualquiera en la Scumdogia.

GWAR responde: sátira bestia, metal extremo y cero selectividad política

Mientras los fans intercambian bromas (“¿A quién le tocará la próxima vez? ¿El Papa? ¿Rosalía?”), GWAR afila sus colmillos discursivos. Un portavoz del grupo, fiel a ese humor ácido con el que han sobrevivido a todo menos a la sensatez, disparó al New York Post: “¿Normalizar la violencia?, ¿de verdad? Los humanos están hechos para el caos, nosotros solo ponemos la banda sonora y un poco de sangre postiza. Lo nuestro es como los Looney Tunes, pero con guitarras y acoples”.

Y no, GWAR no es de los que se casan con ninguna bandera. Si tiras de hemeroteca (o Google), encontrarás un listado de políticos de todos los colores —de Biden y Obama a Putin, pasando por Xi Jinping o Hillary— víctimas de sus espectáculos gore desde hace cuatro décadas. El credo está claro: igualarte a los ojos de GWAR es acabar despiezado entre vísceras de látex y tripas de goma. Da igual en quién votes, GWAR te lleva por delante. Porque si la provocación no es para todos, no es provocación: es panfleto barato.

Tradición y espectáculo bizarro: sangre, vísceras y crítica social

Desde 1984, GWAR vive en esa frontera entre el shock y la sátira más bestia. Lo suyo es el teatro del exceso, lo carnavalesco llevado al extremo. Hay quien dice que llevan el metal al límite; otros, que hacen del disparate una religión. Lo cierto: cuando te enfrentas a monstruos de dos metros lanzando sangre falsa, riffs asesinos y humor macabro, ni la moral ni el estómago salen indemnes, pero la risa (o la náusea) está garantizada.

Por cierto, que cualquiera que acuse a GWAR de adorar la vida del rockstar tampoco ha escuchado bien la letra: tras tantas giras, su exguitarrista confesó que apenas llegan al salario mínimo. Casi como cualquier banda española rezando que la furgoneta no se rompa en la A-42.

¿Arte, provocación o simple entretenimiento extremo?

GWAR seguirá decapitando a presidentes, dioses de la tecnología y quien se les cruce, mientras el debate se repite: ¿Es necesario este tipo de violencia escénica? ¿Aporta algo más allá del puro espectáculo? Puede que sí, puede que no. Pero si no existieran bandas como GWAR, todo sería menos incómodo y mucho, pero mucho más aburrido.

No importa la polémica, el número de denuncias o la sangre —nunca real, no olvidemos— salpicando la primera fila. GWAR encarna ese espíritu incómodo del rock y del metal: el de reírse en la cara del poder, sea cual sea el rostro detrás de la máscara.

La próxima vez que el metal sea acusado de pasarse de la raya, recuerda: tal vez la raya debería estar mucho más lejos, en el limbo donde GWAR reparte vísceras de látex. Y ahí, amigo, pocos tienen el coraje de subirse al escenario.

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