Hatebreed responde a la demanda de su exbajista y aclara la polémica sobre su salida del grupo

¿Puede una banda de metalcore sobrevivir tras la tormenta que supone echar a un miembro fundador? En el caso de Hatebreed, el lodo ha salpicado a todos: demandas, acusaciones y un bajo eléctrico que nunca volverá a vibrar en sus filas. Pero la furia —esa que define al propio género— late más viva que nunca entre sus cuerdas. Y el show, claro, continúa.

El desgarro legal que sacude a Hatebreed

Si pensabas que en el mundo del metalcore las guerras solo se libran en el escenario, piénsalo dos veces. El exbajista Chris Beattie, cofundador de Hatebreed y pilar durante treinta añazos, ha llevado su batalla a los tribunales tras su fulminante salida en noviembre de 2024. Beattie grita traición: denuncia haber sido despedido sin explicación y exige su parte del botín generado durante décadas de merch y derechos de autor. ¿Sentido de la propiedad? ¿O simplemente miedo a ser devorado por la máquina brutal del negocio musical?

La respuesta de Hatebreed es digna de una patada a la mandíbula: “Beattie es un antiguo soldado descontento que se ha acostumbrado demasiado a tener sitio fijo en la mesa —y no le corresponde.” Según el alegato legal del grupo, no había papel firmado, ni promesas de hermandad eterna, ni cheques de por vida para antiguos compañeros caídos en desgracia. Todo era —y sigue siendo— efímera lealtad: contrato verbal, despido instantáneo. Bienvenido a la cruda realidad. Así es el metal. Tan frío y afilado como una cuerda mi bemol bajo los focos.

¿Héroe expulsado o víctima del sistema?

Beattie no se fue sin armar ruido. En su denuncia, menciona un oscuro episodio con un miembro de seguridad, sucedido días antes del despido. Un rifirrafe, acusaciones de acoso (que él niega rotundamente) y el rumor retumbando por los pasillos de camerinos llenos de sudor y cerveza rancia. Sin embargo, la banda niega que ese evento sea la raíz oficial de su marcha. Una excusa más entre las muchas que flotan todos los días por los vestuarios del metal, como las púas perdidas o promesas rotas tras el telón.

No hay piedad ni pausa en la ruta del metalcore

¿Drama interno? Ni por esas pararon la apisonadora. Hatebreed aceleró aún más y lanzó este verano su nuevo martillazo sonoro: “Make The Demons Obey”, el primer cañonazo de 2024. Un tema que desborda rabia de estudio y que incendió las tablas de los festivales europeos. En Rock The Lakes no dejaron títere con cabeza: cada breakdown, cada gutural —una declaración de intenciones mientras los problemas legales ardían a lo lejos.

La vida no se detiene ni con quirófano de por medio. Wayne Lozinak, el guitarrista, pasó por la mesa de operaciones este verano, pero ni la cirugía lo sacó de la carretera del metal. Carl Schwartz, de First Blood y Terror, asume el bajo temporalmente. Y mientras tanto, Hatebreed sigue llenando salas —como ese Festival 666 que reventaron ante un público sediento de peso y velocidad.

La batalla aún no ha acabado

El grupo mantiene la cautela en los medios, hasta que la justicia decida si la sangre derramada es parte del precio —o solo ruido de fondo. La maquinaria sigue rugiendo, los aficionados corean y los bombos no paran de retumbar. En Hatebreed, como en todo el metalcore, las cicatrices son medallas. El legado de Beattie, ese bajo afilado, persistirá en los grooves. Pero el resto, ya es historia de supervivencia. De lucha y, sobre todo, de no mirar jamás hacia atrás.

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