Gene Simmons advierte sobre los riesgos de la inteligencia artificial si no se regula adecuadamente

¿De qué sirve vender tu alma al diablo por un riff inmortal, si cualquier algoritmo puede exprimir tu legado hasta el infinito? El rugido digital ya no viene solo de los amplis: ahora, en la industria del rock y el metal, el mayor ruido se llama inteligencia artificial. Y Gene Simmons, nada menos, dice: «Cuidado, que aquí puede arder el infierno». ¿Estamos ante la muerte del espíritu rebelde o ante un nuevo monstruo por domar?

El dios del trueno contra la inteligencia artificial: ¿visión o paranoia?

Lo dijo el gran Gene Simmons —sí, el demonio, el magnate, el tipo que hace del cuero negro y la lengua un arte— en directo y sin medias tintas en Bloomberg TV. Con la decadencia post-Kiss aún fresca y los fans preguntándose si el hard rock sobrevivirá a tanto streaming, Simmons lanza una advertencia con la contundencia de un mazo: la inteligencia artificial, si no la pones correa, te engulle la industria. Sí, la IA puede ser ese demonio digital capaz de clonar voces, componer “hits” de laboratorio y, sobre todo, difuminar la delgada línea entre la creatividad genuina y la copia barata.

«No es una amenaza si la controlas, pero una vez se desmadre, ni Satán la para», vino a decir Simmons. Reclama leyes firmes, tanto en EE.UU. como a escala global (¿la ONU metiendo mano en los pesares del rock? Suena a broma, pero va en serio), antes de que el asunto nos estalle como una guitarra Gibson en los años ochenta.

¿Una industria sin reglas? Olvídate del libre albedrío rockero

¿Te imaginas un mundo en el que grabas un temazo en tu garaje, solo para descubrir que una inteligencia artificial en Delaware ya ha sacado diez versiones “inspiradas” —tú sabes, esa palabra bonita para plagio— antes de que subas nada a Spotify? Simmons lo ha dejado claro: urge un marco legal federal. Nada de campar a sus anchas de estado en estado. Y ojo, porque si no, la industria (o lo que quede de ella) terminará en manos de quienes manipulan la IA como marionetistas sedientos de royalties modernos.

No se anda con chiquitas: exige soluciones globales, sincronizadas, a través de la ONU. ¿Demasiado utópico? Quizá. Pero, si no, nos espera un mercado saturado de impostores digitales y creatividades recalentadas como pizza vieja.

Gene Simmons: defensor del músico real (aunque haya vendido hasta las tazas del WC de Kiss)

Tras el último tour de Kiss en 2023, algunos pensaban que Simmons se tumbaría en su montaña de billetes y disfrutaría del silencio. Ilusos. Sigue en pie de guerra: defendiendo derechos de autor, exigiendo respeto para los músicos de verdad. Hace nada, plantó cara al Senado de EE.UU. denunciando que, en la radio, ni Elvis ni Bing Crosby ni Sinatra cobraron un mísero centavo por pinchar sus temas. «Hasta los esclavos comían y bebían», soltó. Tan bestia como siempre, pero con mucho fondo.

Y como la polémica le persigue, poco después tuvo que pedir disculpas por sus comentarios tras el fallecimiento de Ace Frehley. “Siempre quise a Ace. Siempre”, dijo, con esa mezcla de afecto y culpa que solo entienden los que han vivido mil batallas juntos, entre giras, alcohol y maquillaje corrido.

Multimillonarios, mercenarios… y leyendas eternas

Mientras algunos se duelen por la deriva de la tecnología y las injusticias del negocio, Kiss sigue batiendo récords: su catálogo y derechos se vendieron a Pophouse en enero de 2024 por una cifra que huele a obscenidad: más de 300 millones de dólares. No solo de canciones vive el hombre: Kiss es la definición de merchandising, de camiseta sudada y muñeco cabezón, de neveras y hasta ataúdes con logo infernal.

Lo que está claro (y en esto Simmons clava el puñal sin pedir perdón) es que la revolución tecnológica puede ser la mayor amenaza para la autenticidad que nos queda. Entre algoritmos que sueñan riffs, multinacionales chupando la sangre a los músicos y leyendas supervivientes vendiendo su legado por cifras insultantes… ¿podremos distinguir entre el arte y la imitación? Pregúntatelo mientras escuchas tu disco favorito. Puede que mañana, la voz que escuches no sea ni humana.

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Levanta la voz, sube el volumen. La batalla ha empezado. Y no, no será en TikTok.

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