¿Quién dice que el heavy metal es solo cosa de jóvenes? Si nunca te has reventado la espalda en un pogo, igual aún no sabes lo que significa sobrevivir al ritmo brutal de Metallica más allá de los 60 tacos. Hoy, Lars Ulrich, martillo y metrónomo de la banda, nos deja claro: “En el rock, no hay circuito senior”. Y a sus 61, el danés lucha cada día por mantenerse digno encima del escenario. ¿Preparados para descubrir cómo uno de los grandes sigue dando caña cuando otros ya están planchando el chándal?
La jungla del metal: Aquí nadie te da tregua
No hay nostalgia más venenosa que la del rockero que se cree inmortal. Pero Lars Ulrich –ni corto ni perezoso– lo sabe bien: si quiere seguir pateando estadios con Metallica, la autocomplacencia no cabe en su agenda. Al fin y al cabo, el metal no entiende de jubilaciones doradas ni festivales para carcamales. Aquí los veteranos comparten cartel con chavales que aún no han conocido la resaca letal de una gira.
En pleno Mill Valley Film Festival, rodeado de anécdotas y flashes, Ulrich suelta la bomba con su habitual cachondeo: «¿Que he mejorado con la edad? No sé si creérmelo, pero gracias igual». Lo suyo no es falsa modestia. Nos cuenta que hoy se machaca mucho más que antes; el gimnasio ya es su segunda casa. Nada de excentricidades ni posturitas rockeras: si uno quiere durar, toca sudar. Y ese sudor tiene el aroma agrio de la disciplina deportiva: Lars creció viendo a su padre partir raquetas en las pistas de tenis. Nunca dudó: el verdadero rock vive de la constancia.
Una rutina espartana para seguir tocando el infierno
Aquí no hay secretos místicos ni dietas estrafalarias inventadas por gurús de Instagram. Lars ha impuesto un estilo de vida a prueba de bombos reventados: rutina descomunal de ejercicio físico, alimentación casi monacal, y una cuadrilla médica pendientes de que ninguno de sus tendones le monte un motín. Habla medio en broma de que ahora pesa menos gracias al “efecto Taco Bell”. No se engañen, lo suyo es control absoluto. La broma es defensa y realidad: si bajas la guardia, te funden.
Y ojo, porque el pulso de Metallica no tiembla ni un segundo. La gira M72, iniciada allá por 2023 con su último torpedo, «72 Seasons«, no ha dado tregua. En Sydney, Trujillo y Hammett lo petaban sacando versiones cañeras de AC/DC y Rose Tattoo, un guiño al público local que ya es tradición. El grupo no solo sobrevive, se reinventa; cada show es una descarga eléctrica que pone la piel de gallina a los fans de toda la vida. El círculo no se rompe: caras conocidas siempre en las primeras filas, ritual sagrado del metal.
El tiempo no se detiene, pero tampoco Metallica
Cuarenta y cuatro años de trayecto, y Metallica sigue acelerando como si el final fuera un espejismo. Lars lo resume fácil, pero golpea fuerte: si no quieres acabar como una sombra de ti mismo, toca currárselo el doble cada día. No hay perdón en el riff. El público exige, la música lo demanda, y el cuerpo… bueno, ese hay que entrenarlo hasta el límite, porque los escenarios no perdonan flaquezas.
¿El mensaje? No esperes medallas por haber llegado hasta aquí. El metal no regala aplausos, solo respeto al sudor. Y si encima te atreves a mirar el futuro con ansias de una década más, toma nota: prepárate para la batalla diaria. Porque en este circo, nadie te quita el puesto por viejo… pero todos están listos para arrebatártelo si te descuidas una décima de segundo.
Así se escribe la leyenda. Y, como dice el bueno de Lars Ulrich, punto y final.




