Bill Ward revela por qué siente una profunda admiración por Lars Ulrich como músico y como persona

¿Puede el metal sobrevivir sin sus leyendas vivas? Y, sobre todo, ¿qué sucede cuando genios de generaciones opuestas se rinden culto mutuamente como si fueran hermanos de sangre? Si alguna vez te preguntaste qué piensa una leyenda como Bill Ward de Metallica y, especialmente, de Lars Ulrich, prepárate, porque no te vas a esperar ni la mitad de lo que pasó en su último programa. Ni siquiera si eres ese típico pureta que jura que todo acabó con Ozzy quitándose la camiseta en el ’77. Vamos allá, que esto huele ya a eternidad y a baquetas ardiendo.

Bill Ward y Lars Ulrich: la admiración mutua de dos colosos del metal

Detente y escucha: el veterano Bill Ward, batería fundador de Black Sabbath, ha soltado en la radio una auténtica declaración de amor musical (y personal) hacia Lars Ulrich, el hombre que lleva décadas aporreando los parches en Metallica. Y no, no ha sido un cumplido de esos por compromiso ni diplomacia: Ward se ha explayado a gusto, confesando una admiración absoluta por el danés, por su forma de tocar, por su historia de superación y por el pedazo de influencia que tiene en el heavy contemporáneo.

Ward no es cualquiera, y no reparte piropos a lo loco. Recuerda con detalle aquel primer encuentro, cuando Lars todavía era un chaval con más sueños que equipo profesional. Desde entonces, un respeto forjado con los años, entre riffs, cigarrillos y bromas pesadas tras bambalinas.

El Black Album: alivio y vértigo para el futuro del metal

Cuando Black Sabbath quedó perplejo ante el impacto del Black Album de Metallica, Bill no pudo hacer otra cosa que soltar un suspiro de alivio. «Ahí está el camino, eso es lo que necesitaba el metal», resume el icono británico. Para él, ese disco fue más que un pelotazo comercial; fue una especie de oráculo, una señal que validaba la evolución y supervivencia de un género a menudo condenado -injustamente- a ser fósil ante el mainstream.

La conexión entre los dos monstruos va mucho más allá de compartirse escenario. Ward se confiesa incapaz de soltar a Ulrich de un abrazo. No es una imagen bonita para una postal navideña, es más bien una instantánea de lo que significa hermandad en el infierno de giras, estudios y hoteles baratos: cariño visceral y respeto sin fisuras.

Lars Ulrich: perseverancia, disciplina… y maratón de conciertos a los 61 años

Mientras algunos ya están mascullando sobre «retiro digno» y batallitas del pasado, Ulrich sigue a lo suyo: gira mundial, doblete tras doblete, miles de fans por todo el globo y el bombo retumbando como si tuviera veinte años. Disciplina casi marcial para mantenerse a flote en una industria que devora a los suyos. A dieta estricta y chequeos médicos, como una especie de samurái moderno con baquetas en vez de katanas.

Ward y el adiós legendario: Back To The Beginning

Por su parte, Ward no se queda corto con los momentos épicos: este verano se marcó en Back To The Beginning su último (¿último?) concierto con Black Sabbath y el incombustible Ozzy. Eso sí que fue incendiar emociones, cerrar una era, dejar claro que el heavy no pide permiso a nadie para escribir su propia historia. Fue una de esas noches donde piensas: «que paren los relojes, aquí sólo brilla el metal».

¿Héroes o mortales? El respeto real entre titanes

El trueque de elogios entre Ward y Ulrich es más que pura cortesía. Es la prueba de que detrás de las portadas, los foros llenos de haters y la épica de los estadios, hay un lazo real, casi familiar entre los que eligieron vivir (y sobrevivir) a base de acordes sucios y noches sin dormir. Estos tipos no juegan a ser dioses: han sudado tanto en la carretera que solo alguien que ha sentido las astillas de la tarima puede comprender su lenguaje. El metal—el auténtico—es eso.

Y, por si aún vives creyendo en rivalidades absurdas y debates estériles entre generaciones, te dejo con un consejo: si un titán de Black Sabbath puede rendirse a los pies de Lars Ulrich sin perder ni una gota de orgullo, igual va siendo hora de dejarse llevar un poco más. Porque el metal, al final, no entiende de fronteras, ni de edades, ni de postureos: es una familia dura, rugosa, imperfecta… pero no conoce fecha de caducidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio