¿Te atreves a decirle en la cara a Greg Ginn cómo debería sonar Black Flag en 2025? Cuidado: este iconoclasta del punk parece disfrutar mandando a callar a los guardianes del sótano y, contra todo pronóstico, desafía a los fans quejicas con una nueva y radical formación, a medio camino entre la nostalgia y la resurrección. ¿Es esto evolución? ¿O una herejía vintage de alto voltaje?
Black Flag 2025: ¿Renovarse o morir… a gritos?
Cuando pensabas que ya habías visto de todo en el circo del punk rock, regresa Greg Ginn —sí, con más años, sí, con más mala leche— para ensamblar una alineación que parece querer incendiar las redes. Desde junio de este año, Black Flag viaja por todo el planeta con un grupo que, más que nuevo, parece importado de otro universo: Ginn al mando, claro, pero acompañado por un trío insultantemente joven. Max Zanelly a la voz (quien hasta hace literalmente días era una fan sin experiencia escénica), David Rodriguez al bajo y Bryce Weston aporreando los parches. El resultado es un cóctel explosivo, desbordante de electricidad y, cómo no, polémica.
Críticas, sótanos y la furia de los teclados guerrilleros
No podía faltar: cada vez que una leyenda del hardcore intenta reinventarse, brotan los puristas, siempre enfurruñados desde la comodidad de su teclado (y, si se apura, de la trinchera maternal del sótano). Y Ginn dispara balas dialécticas al corazón de sus detractores: “Siempre habrá alguien escondido detrás de un teclado en casa de mamá, creyendo que lo sabe todo”. A sus setenta y pico, parece que lo único que le importa sigue siendo lo de siempre: la reacción real, el sudor del público en los conciertos. Los likes y los haters, dice Greg, que los gestionen otros.
El fichaje inesperado: energía cruda en primera fila
Aquí viene el auténtico golpe de efecto del año. Mientras miles se matan por audicionar en casting show y colgar demos en Soundcloud, Ginn se fija en la espontaneidad más pura: Zanelly, una chavalita descosida gritándole las canciones en el foso, es ascendida de fan a cantante titular en un giro digno de novela salvaje. Nada de experimentos de laboratorio ni clones del pasado; el objetivo es revitalizar a Black Flag a su manera. El mensaje es claro: el grupo es una apisonadora que prefiere pisotear expectativas antes que rendirse a la pura nostalgia. Aunque, claro, no todos aplauden…
¿Y Henry Rollins? Mejor sin regreso
Que nadie sueñe con el retorno de Henry Rollins, el hombre tatuado que convirtió a Black Flag en algo más que un grupo, más bien una religión peligrosa. El propio Rollins ha sentenciado que de volver, nada: la motivación artística está muerta y resucitar el nombre solo por el cheque sería una traición. Según él —y esto pincha a más de un dinosaurio— muchos deberían saber cuándo jubilarse si lo suyo ya no aporta nada fresco ni brutalidad real al género. En vez de eso, Black Flag prefiere seguir creando discordia; para lo demás, mejor poner un recopilatorio y llorar en silencio.
Fechas, festivales y nuevo capítulo (aunque te duela)
Si eres de los que van a conciertos solo para decir “esto antes molaba”, lo vas a pasar fatal: la gira sigue viento en popa hasta al menos abril del año que viene, pasando incluso por Coachella, ese festival donde se mezclan géneros y egos a partes iguales. El mensaje es implacable: quien quiera guerra, que venga a la primera fila y grite hasta la afonía; los debates se quedan para el sótano.
Post-hardcore, rock en estado puro y el futuro de la insatisfacción
Quizás Black Flag 2025 no guste a todos, pero ¿no va de eso el punk? De molestar, de agitar conciencias y, si hace falta, de dinamitar el pasado para poder avanzar. Mientras Greg Ginn siga al mando, ninguna crítica anónima le va a marcar la hoja de ruta. La nostalgia es un lugar cálido, pero el verdadero rock siempre ha estado en otro sitio: en la apuesta, en el cambio, en la caverna sudorosa y ruidosa donde todo empieza otra vez. O te unes, o disfruta el eco del sótano. La decisión, como siempre, está en tus manos… o en tus oídos maltratados.
