¿Quién demonios dice que el rock tiene fecha de caducidad? A sus más que respetables 80 años, Ian Gillan levanta la voz, desafía al tiempo y demuestra que Deep Purple sigue dándole bofetadas a la vejez desde el escenario, literalmente. Pero ojo, no todo es inmortalidad eléctrica: la sombra del retiro asoma, y el detonante tiene nombre propio —la dignidad. ¿Estamos, acaso, ante la última gira de los gigantes, o queda cuerda para rato? Agárrate, porque aquí nadie baja el volumen tan fácil.
La vida sobre el escenario: Deep Purple no baja la persiana (todavía)
Mientras la mayoría de mortales a los 80 años sueñan con jubilarse y plantar tomates, Ian Gillan mira a los fans y ni se inmuta ante la idea del retiro. ¿Para qué? Deep Purple sigue rugiendo, las guitarras arden más vivas que nunca y, con la llegada de Simon McBride a las seis cuerdas, la maquinaria parece haber recuperado ese pulso criminal de antaño. Dicen que el fuego del rock se apaga, pero los de Gillan están empeñados en incendiarlo otra vez, por si acaso alguien dudaba de su hambre.
Sus agendas, lejos de estar llenas de visitas al médico o tardes de siesta, rebosan de fechas: gira europea a la vista hasta 2026, Reino Unido, Francia y sabe dios qué otros sitios donde los corazones laten a golpe de hard rock y heavy metal puro. Un mar ionizado de sonidos, olor a sudor y reverb eterno.
Dignidad como único freno: el retiro no vendrá con pompas
No hay comunicados finales, ni promesas vacías de “último show” a la vista. Deep Purple, fieles a su estilo, planean seguir mientras se lo pasen tan bien como los fans. “El click de la retirada vendrá cuando la dignidad exija cerrar el telón”, dice un Gillan consciente y visceral, porque el respeto a sí mismos y a su público va antes que el showbiz barato de las giras de despedida.
¿Qué hay de los achaques? Sí, la vista no perdona y Gillan ya solo intuye como el 30% de la realidad, pero ahí sigue, buscando trucos y adaptándose como un mago viejo que se resiste a dejar de sorprender. Cansancio, sí, pero ¿abatido? Jamás. El fin, cuando toque, será callado, sin florituras ni cortinas de humo comerciales. Mueren de pie, y punto.
Fans, discos, giras: Deep Purple sigue en vena
Muchos les esperan con la lengua fuera para ver si patinan. Spoiler: este lobo pierde pelo pero no las mañas. No faltan proyectos, ni himnos nuevos que sumar al setlist: su reciente álbum =1 está siendo defendido como un croché directo en cara de los incrédulos. El vínculo público-banda no se ha oxidado: sólo necesitas acudir a cualquiera de sus conciertos europeos (¡seis confirmados ya en Francia, ojo!) para sentir la adrenalina y ese cosquilleo de piel que solo ellos provocan. El ruido, el juego de luces, la vibración de los amplis. Eso no se aprende en la escuela ni se olvida con los años.
¿El último telón de Deep Purple?
No hay fecha. No hay trato. Deep Purple, con Paice y Glover al mando rítmico, juran lealtad al riff y a la honestidad. “Nada de show final”, repiten como mantra. Morirán en la carretera, peleando contra la erosión del tiempo, manteniendo el groove, disfrutando mientras dure la magia. Porque en esto del rock, dignidad también significa saber cuándo apartarse, pero —aviso a navegantes— aún no ha llegado la hora del adiós.
Así que, si eres de los que se pregunta “¿cuánto más?”, relájate: la historia no está escrita aún. Deep Purple siguen vivos, indomables y luchando contra el crepúsculo. Y quizá, solo quizá, el día que desaparezcan no habrá estruendo, solo el eco digno de su legado. Hasta entonces… ponles a todo volumen.




