¿Qué pasaría si pudieras viajar al pasado solo para propinarle una buena colleja a tu yo de hace veinte años? Jesse Leach, voz desgarradora de Killswitch Engage, no se guarda nada y deja claro que, aunque el metalcore suene a poder y superación, las cicatrices emocionales del camino no siempre se ven bajo el foco del escenario. Hoy, dos décadas después de la tormenta, echamos la vista atrás para desmenuzar el tormentoso nacimiento de “My Last Serenade” y ese momento en que el propio Leach casi colapsa. Una historia que va mucho más allá del headbanging cliché y riffs atronadores.
Cuando las canciones arden: la forja dolorosa de “My Last Serenade”
Ponerse en la piel de Jesse Leach en pleno 2002 es sumergirse en un caos intoxicante. El disco Alive Or Just Breathing acababa de reventar el underground norteamericano. Érase un tiempo en el que el metalcore rompía el cascarón y Killswitch Engage era, de repente, la cabeza visible de una generación. Pero mientras miles gritaban su nombre, su frontman estaba literalmente roto por dentro. ¿Gloria? Bah. Más bien, temblores, ansiedad y silencios que devoran. “My Last Serenade”, para unos un himno, para otros el reflejo de una pelea interna que casi le cuesta todo.
Leach, sin pelos en la lengua, ha confesado que ni siquiera sabía cómo cuidar su garganta. Imaginad la presión de gritar noche sí, noche también, con la mente hecha añicos y el cuerpo exhausto. Ese tour europeo que nunca arrancó porque, antes, Jesse dijo basta. Se bajó del barco cuando todo el mundo esperaba la conquista de Europa. Se fue. Desapareció. Y por casi diez años, la banda quedó huérfana de su primera voz. ¿Cobardía? No. Pura supervivencia. Aferrarse a la esperanza mientras el cuerpo pide silencio a gritos.
Leach renacido: del abismo a la catarsis
El tiempo hace de las suyas. Veinte años después, sentado en el epicentro de unos Killswitch Engage más potentes y honestos que nunca, Jesse se sincera: “Creo que no supe pedir ayuda ni encontrar la manera de rendirme con dignidad. Si pudiera hablar con mi yo de aquel momento… le demostraría que pedir ayuda no es debilidad, es coraje”. Ese discurso, cargado de cicatrices, lo ha convertido hoy en un referente dentro de la escena. De una persona perdida a un músico con voz propia — y mucha más fuerza que en los viejos tiempos.
Un Killswitch Engage que no da tregua en 2025
Desde que volvió al redil en 2012, Jesse Leach no ha parado ni un minuto. El nuevo disco, This Consequence, lanzado este mismo año, huele a metalcore sin concesiones pero con ese pelaje existencial que solo los veteranos conocen. Son tiempos de canciones honestas (“Blood Upon The Ashes” es una de esas joyas escondidas, nacida para ayudar en causas benéficas). Parece increíble que una banda pueda rejuvenecer, sonar más rotunda y, a la vez, más humana con cada disco. Y así en cada directo: de Zurich a París, Killswitch Engage sigue llevándose el público por delante.
¿Planes para 2026? Más incógnitas que respuestas
Mientras los rumores sobre un nuevo salto europeo se extienden, Jesse desliza que quiere resucitar su otro proyecto, Times Of Grace. Aunque Adam Dutkiewicz está, por ahora, centrado en otras batallas. Las dudas corroen, como siempre
Pero si hay algo seguro es que My Last Serenade no solo pertenece ya al muro de los clásicos. Es el símbolo de una herida, un renacimiento… y la mejor prueba de que, en el metal, la fragilidad y la furia no suelen ir divorciadas.
Vídeos imprescindibles: la emoción en carne viva
¿Quién dijo que el metalcore era solo ruido y postureo?
Puedes gritar la letra a pleno pulmón en el coche. Puedes intentar sacar el gutural más sucio del barrio. Pero recuerda: cada riff de Killswitch Engage lleva dentro las sombras de un tipo que supo frenar a tiempo antes de crashar del todo. Y si a veces necesitas pedir ayuda… no esperes veinte años para hacerlo. El metal, aunque no lo parezca, está hecho para eso: para ser redención. Y para seguir rugiendo. Aunque duela.




