¿Puede el metal ser solo cuestión de estética? Te lo pregunto porque la polémica está servida. Imagina al titán de las seis cuerdas, Kerry King, encerrado en su coche, rodeado de riffs satánicos y humo invisible de thrash, y de pronto… mete un CD de Ghost. ¿El resultado? Un choque de mundos, un momento incómodo y, para muchos, la confirmación de que el metal no siempre habla el mismo idioma, ni aunque vayas vestido para la misa negra. ¿Lo pillas ya?
El duelo invisible: imagen contra sonido
Kerry King, el guitarrista de esa bestia llamada Slayer, nunca ha tenido pelos en la lengua y tiene fama de ir siempre al grano. Si algo le mola, lo dice. Si algo le repugna, también. Hace unos años, mientras la fiebre por Ghost se apoderaba del metal más mainstream, King no dudó en reconocerlo: «Su imagen me flipa, brutal. Pero en cuanto le doy al play… uf, la música no hay por donde agarrarla».
No fue un ataque gratuito, ni mucho menos. Es cierto, el look de Ghost —sacerdotes oscuros, máscaras, auras religiosas y misticismo kitsch— conquista a tu vecino y a tu abuela. Hasta podría decorar una tienda de disfraces de Halloween. Pero, ¿y la música? King, intentando comprender el hype, se subió al coche con Gary Holt (sí, el mismo Holt que a veces ha partido cuellos con Slayer y Exodus) y le dio una oportunidad. Pista uno, siguiente. Pista dos, nada. Tercero, tampoco. Al final, el CD se quedó más frío que el asiento de atrás, olvidado, y los dos terminaron escuchando otra cosa para no dormirse al volante.
¿Respeto o desprecio? El sutil arte de no odiar a nadie
Pero ojo, aquí no hay beef. Kerry King lo deja claro: adora el éxito de Ghost, le cae genial la banda y hasta les desea lo mejor. Eso sí, ese respeto no le reblandece el paladar. El metal, para algunos, necesita cuerpo, sangre, acero y veneno. Y King, encarnando a la vieja guardia de riffs afilados y actitud sin filtro, no sintió ni pizca de emoción con los suecos. «Simplemente no es para mí», venía a decir. Directo, sin mal rollo, pero imposible de discutirle el fondo.
Curioso, porque Ghost seguía conquistando festivales y portadas mientras Slayer quemaba su última etapa antes de decir basta. King ya cocía en secreto su futuro musical, preparando su proyecto con la misma rabia de siempre, afilando el cuchillo para cortarle la cabeza a la duda: el legado del thrash no se transa por un buen disfraz.
¿El metal vive de prejuicios?
¿Quién decide lo que es verdadero? ¿Hace falta que una banda suene como si las guitarras fueran motosierras hambrientas de carne, o basta con salir bien en las fotos de prensa? Ghost, con sus melodías pegadizas y su teatralidad pop-metalera, divide a los de la vieja escuela y fascina a los neófitos. Si le preguntases a la élite del metal extremo, su respuesta podría sonar como la de King: buen rollo, muchas gracias, pero yo paso.
Y es que en este mundillo donde las etiquetas pesan tanto como el plomo, a veces el disfraz tapa la melodía. La pregunta queda ahí, flotando como un eco herético: ¿importa más la estética que el sonido? ¿Dónde narices está la frontera? ¿O simplemente, como todo en la música, va de sensaciones y filias que nadie puede imponer?
Moraleja metálica
- El respeto no obliga a la devoción, ni aunque vendas millones.
- No todos los juglares cantan para los mismos oídos.
- A veces, un riff abrasador vale más que una sotana y siete cánticos suecos.
Así que, metalheads, la próxima vez que os lancen una hostia, literal o figurada, pensad en King. Y seguid buscando, escuchando y criticando, porque si algo mantiene al metal despierto es la honestidad brutal. Aunque el CD acabe rodando por el suelo del coche…




