¿Te imaginas plantarte ante una marea de metaleros enfurecidos porque uno de los iconos del género ha tenido un ataque de pánico justo antes del concierto? No es el inicio de una peli de Netflix, fue el jodido Download Festival 2004. Y en ese momento donde la historia tiembla, Joey Jordison —el torbellino enmascarado de Slipknot— saltó a la trinchera metálica para salvar a Metallica. Lo que ocurrió ese día fue más épico que mil solos de guitarra seguidos. Y sí, todavía pone los pelos de punta.
El día que Slipknot tendió la mano a Metallica
Cuando Metallica arrastra multitudes, siempre se espera una noche perfecta. Pero el infierno se abrió justo antes del show en Donington: Lars Ulrich, su batería y motor rítmico, acabó fuera de combate por una crisis de ansiedad. El escenario, la presión de una banda de leyenda a punto de quedarse sin alma… Nadie quería estar en esos zapatos. ¿El plan B? Llamar a dos baterías que saben lo que es el caos: Dave Lombardo, dios de los bombos en Slayer, y Joey Jordison, el estallido vivo de Slipknot que por aquel entonces era apenas un crío de 29 tacos (pero que tocaba como si le debiera la vida al diablo).
Decisiones a lo kamikaze y el show debe continuar
Lombardo fue el primero en morder el polvo, atacó los dos temas iniciales con la furia de los dioses. Pero luego le tocó a Joey. Y ahí se desencadenó la tormenta. El tipo que solía destrozar la batería tras su máscara de pesadilla se puso al frente y reventó el setlist de Metallica casi entero. Sin red. Sin apenas tiempo para respirar. Si te parecen de locos dos horas de ensayo antes de un show, imagina tener que aprenderte los himnos sagrados del metal en la sala más rara del mundo —un container acondicionado que Metallica arrastraba de ciudad en ciudad como si fuera su santuario portátil.
Batería a quemarropa: la preparación a contrarreloj
Shawn Crahan, alias “Clown” —el tipo de la percusión en Slipknot y cronista visual obsesivo— lo recuerda como si reviviera una guerra. Grabó los pasillos, captó la tensión en el aire. Pero cuando Joey y Metallica cerraron la puerta del container, ni sus colegas entraban. “La puta caja de ritmos hacía retumbar los huesos a quien se apoyara fuera. Era como escuchar el latido de un animal prehistórico rugiendo desde dentro; puro Instinto, pura presión. Allí dentro ensayaban a muerte hasta temas que ni siquiera iban a tocar. Era Joey apretando los dientes y sudando talento. Dan ganas de morderse las uñas, en serio.»
Un regalo inolvidable (pero con filo)
La cosa no quedó solo en palos y platillos. Metallica, que sabe lo que es estar en deuda con gente de verdad, agradeció a Slipknot el rescate. Clown salió del evento con un cuchillo de caza por todo homenaje: “Pensé que éramos nosotros quienes teníamos que agradecerles el gesto. Pero esto es el circo del metal: aquí nadie sale inmaculado”.
La noche que Joey escribió su nombre en el Olimpo
Joey Jordison, con el corazón agitándose como una tarántula y los nervios a punto de explotar, se zambulló en un mar de riffs y repartió baquetazos como si cada canción fuese la última. Imagina el sudor, la tensión, la respiración de miles de personas. El éxtasis y la catarsis. Tocó entre sus ídolos, entre leyendas. No fue solo técnica, fue devoción. Fuerza. Rabia. “A veces la pasión lo devoraba hasta la náusea, pero ese día, fue un tsunami de energía desatada. Nadie lo olvidará jamás”, admitió el mismísimo Clown después de todo aquello.
Una leyenda eterna
Joey nos dejó en 2021, a los 46 años, pero su rugido en ese escenario queda inmortalizado como uno de los episodios más brutales y puros de la cultura metal. Salvó a sus héroes, demostró que tenía la piel más dura que los bombos que machacaba y levantó el respeto de toda la hermandad heavy.
¿Todavía dudas de la categoría de Joey? Vuelve a vivirlo
Así que cuando alguien te diga que el metal es solo ruido o postureo, enséñale la historia de aquella noche en Donington. El día que un mascarado rescató a los dioses y el trueno sacudió la tierra. Eso sí que es autenticidad. Eso es historia viva.




