¿Puede caer en sequía creativa un titán del metal extremo? Cuando el eco ensordecedor de la última gira se apaga y el telón cae tras meses de recorrer los escenarios del mundo, hasta los dioses suecos del polirrítmico se descubren humanos. Mårten Hagström, guitarra y columna vertebral de Meshuggah, se ha confesado “exprimido” tras el ciclón llamado Immutable. ¿Mito o realidad? Aquí va la verdad cruda, sudorosa y sin maquillaje del momento más vulnerable de uno de los cerebros que redefinieron el metal progresivo. Prepárate para ver el lado invisible del vértigo creativo.
El precio oculto del genio: Hagström a corazón abierto
Pongámonos en situación: miles de brazos alzados, sudor goteando por las seis cuerdas, el cuerpo domado por ritmos imposibles, y cada noche, la sombra de mantener viva la leyenda Meshuggah. Cuando el último acorde se apaga y las luces se encienden, el vértigo no desaparece: lo que queda es algo más sutil. Un agotamiento que corroe por dentro y deja a los colosos de Umeå –para sorpresa de muchos– tan vacíos como una sala tras el aplauso final.
“Necesito respirar”, confesaba Hagström con ese tono honesto que incomoda a quienes asumen que el monstruo nunca duerme. “No hay drama, pero me siento agotado”. Hay cliché en estas palabras, sí, pero cuando salen de quien lleva tres décadas pariendo riffs imposibles, la cosa suena distinta. ¿Exageración? Ni de coña. El hombre lleva la fatiga en la piel.
El ciclo demoledor de Meshuggah: crear, girar, fundirse
Qué nadie se engañe: la maquinaria Meshuggah nunca acelera a mitad de gas. Tras el bombazo de Immutable – The Indelible Edition en 2025, los suecos no han parado ni para tomar aliento. La última versión del álbum incluye tomas en directo donde cada golpe de caja te atraviesa el pecho y, para colmo, un vídeo de “Ligature Marks” que es, literalmente, como mirar dentro de un reactor nuclear.
¿Y qué pasa cuando ‘la bestia’ vuelve a su guarida en Escandinavia? Pues premios, reconocimientos y, sí, más presión. La cultura sueca ahora les aplaude a rabiar –hasta Vildhjarta se animó a lanzar un medley en una ceremonia que dejó a más de uno con la mandíbula en el suelo. Pero, detrás del humo, la realidad es menos glamurosa. Al margen de los focos y los flashes, cada miembro empieza a buscar su propia chispa: Fredrik Thordendal trae nuevas ideas al laboratorio junto a Daniel Bergstrand, Dick Lövgren explora sin ataduras. Y Mårten… espera, con esa calma lúcida de quien sabe que la creatividad es caprichosa y no llega cuando se la llama a gritos.
La pausa incómoda: ¿límite físico o alma rota?
No es solo una cuestión de cansancio físico –aunque eso tampoco falta–, sino de un vacío mental. Hagström lo compara con entrenar para una maratón emocional: un sprint de inspiración brutal seguido por una caída en el silencio, ese “bajón” que ningún fanático ve, pero que es tan real como la distorsión brutal de sus guitarras de ocho cuerdas. Dice que con la edad, la remontada se hace cuesta arriba. ¿Habrá quien dude? Que tire la primera piedra el músico que nunca necesite parar.
Y lo más brutal: Meshuggah ya no funciona como un bloque indestructible. Hay margen para los proyectos en solitario, para buscar aire y no volverse zombi de la rutina. Los engranajes se han aflojado y cada cual arranca cuando siente el cosquilleo, no antes. “Cuando toca, lo sabes dentro, lo llevas al estudio… y ahí vuelve la locura”, suelta Hagström, medio riendo, medio resignado. ¿Quién demonios puede juzgarlo?
¿Descanso o principio del fin?
Entonces, la pregunta que todos los adictos al metal progresivo se hacen –sin atreverse a gritarla en voz alta–: ¿estamos ante un respiro necesario o el inicio de una decadencia irreversible? El tiempo, como siempre, tendrá la última palabra. Puede que algún purista vea en las palabras de Hagström una señal de debilidad. Tonterías. La creación, como el acero, necesita momentos en la fragua. Y, cuando vuelvan, no me cabe ni una duda: Meshuggah pondrán el mundo otra vez patas arriba, enseñando que incluso las máquinas necesitan resetearse. Porque si no lo hacen ellos ¿quién?

