Robert Trujillo comparte el momento inolvidable que vivió antes del último concierto de Black Sabbath

¿Qué se siente ver a los titanes del metal plantar cara al destino, sudando notas como si fueran puños de un boxeador legendario? Robert Trujillo, el bajista de los colosos Metallica, lo tiene muy claro: hay noches que se quedan tatuadas en la piel de cualquiera que ame el heavy. Y no hay cicatriz más épica que ver a Black Sabbath ensayando antes de decir su último adiós. Toda una misa negra de emociones, riffs y lágrimas… Así empieza el mayor homenaje jamás visto al legado inagotable de Ozzy.

La última ceremonia: cuando la leyenda se despide

El 5 de julio, Birmingham se sacudió con Back To The Beginning. No un simple concierto, sino un auténtico ritual de cierre para Black Sabbath. Casi 41.000 almas lo vivieron en el estadio Villa Park y más de cinco millones se conectaron en streaming: una despedida que supera cualquier funeral vikingo. Porque esto, colegas, era historia viva. Y estaba Trujillo allí, como fan, como testigo, como cómplice de lo irrepetible. Ozzy había perdido ya demasiado: salud, fuerzas, incluso la voz a veces… pero esa noche recuperó todo.

El bajista de Metallica relata una escena de las que sólo te rompen el pecho si amas el metal: dos días antes del show, Ozzy aún descansaba y el resto de la banda, en plena prueba de sonido, parecía poseída. Bill Ward lanzando latigazos tribales desde la batería, Geezer Butler improvisando grooves, Tony Iommi haciéndose el jazzero a la espera… y de repente, “Into the Void”. Lentitud, maldad, groove pesado de cripta. Todos en la sala sacudiendo la cabeza como si fuera la última vez. Unos lloraban, otros apretaban los puños. Era tan hermoso y salvaje como ver a Muhammad Ali afilarse en el saco. Brutal.

Sabbath: ADN mutante y el secreto de la inmortalidad

¿Qué tiene Black Sabbath que no tenga ninguno más? Sharon Osbourne ha insistido durante décadas: lo suyo no era sólo un sonido, era casi otro universo. Quizá era el swing de Bill Ward, influenciado por el jazz y las bandas de big band, ese ritmo que hacía que cada golpe pareciese improvisado en el infierno. O la voz de Ozzy, ese hilo roto siempre cargado de blues y locura. O los acordes “inteligentes”, raros, casi friquis, que Iommi metía donde cualquier otro se quedaría en un powerchord cutre. Incluso sus peculiares dedos mutilados, apunta Trujillo, contribuyeron a forjar esa oscuridad sonora tan reconocible. Sabbath era un monstruo con mil cabezas. Y ninguna igual.

Un último rugido y un hat-trick de emociones

Aquella noche fue mucho más que música. Ozzy, casi arrastrándose por el dolor y el peso de los años, cantó cinco temas en solitario antes de unirse de nuevo a sus hermanos. Una ovación monumental, ruido y más ruido. Black Sabbath subidos juntos por última vez al escenario, un instante sagrado celebrando la raíz misma del heavy. Puedes escuchar el episodio completo de ese reencuentro, contado en primera persona por Trujillo y compañía, en el siguiente podcast —más crudo que cualquier obituario frío de la prensa:

Por cierto, el evento dejó una montaña de dinero en Birmingham —aunque, como buena familia metalera, los números exactos son un misterio y las polémicas sobre el destino de los beneficios no tardaron en saltar. Sharon Osbourne, veterana en esto de lidiar con tiburones, fue clara: olvidaos de cifras infladas, la verdadera herencia de Black Sabbath no cabe en ninguna cuenta. Cada euro, cada segundo y cada riff quedarán resonando siglos.

Ozzy: ausencia, duelo y un sol de justicia

El 22 de julio, Ozzy Osbourne puso fin a su viaje con un infarto fulminante. Parkinson, mil batallas médicas… pero sobre todo, un aura de inmortalidad que ni la Parca pudo borrar de golpe. El funeral, lejos de ser una parada triste, fue casi otra jam session privada: miembros de Sabbath, Trujillo, Zakk Wylde, Corey Taylor, Rob Zombie… Allí estaban todos, abrazados a la memoria de un tipo que nunca merecería desaparecer del todo. Allí, Geezer Butler improvisó un discurso y, según Trujillo, el sol —como si el propio Madman bromeara desde el cielo— asomó entre las nubes para recordar que Ozzy no se va ni aunque lo quieran enterrar mil veces.

Sharon rompió su silencio semanas después, con un mensaje desgarrador en redes y una lección sobre cómo encontrar algún sentido tras perderlo todo. A través de sus palabras asoma algo que el metal lleva tatuado en el pecho hace décadas: no importa cuántos nos caigan, siempre acabaremos levantándonos.

El grito eterno del heavy metal

Ozzy se ha marchado, sí, pero deja un legado tan inmenso que ni los expertos más ruidosos pueden calcularlo. Para Trujillo, ese último ensayo sabbathiano no fue el final de nada. Fue el principio de la leyenda. Con cada página de la historia del rock, esa noche oscura y luminosa seguirá rugiendo en los oídos y corazones de quienes estuvimos —tanto si ardimos en las primeras filas como si lloramos en el salón, frente a una pantalla. Eternamente Sabbath.

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