Stinky pone punto final a su aventura y explica por qué sus caminos deben separarse

¿Existe final feliz en el hardcore? Si algo nos enseña la historia de Stinky, es que cuando una llama arde con intensidad durante 14 años, el aire fresco que necesitas puede ser otra vida. Pero, ¿cómo asimilar el adiós de una banda que convirtió la furia y la melodía en un grito generacional? Prepárate, porque el viaje de estos franceses afincados en Nantes acaba de clavar su último clavo… y no ha sido en vano.

Stinky: Final de trayecto, inicio de leyenda

El eco de las guitarras, el sudor en los escenarios, los brazos alzados… Desde 2010, Stinky lo ha dado todo en la escena hardcore y metalcore europea. Ahora, tras catorce años de bofetadas sónicas y una madurez nada edulcorada, la banda anuncia su adiós definitivo. Y lo ha hecho con una sinceridad que desarma: sus caminos vitales se separan. Nada de dramas, nada de mentiras. Simplemente el ciclo de la vida, brutal como un breakdown en mitad de un pogazo.

El comunicado, lanzado directo a las redes y desgarrador en detalles, ha sido más una carta de amor que una despedida amarga. Han agradecido a todos –familias, colegas, promotores, fotógrafos, fanzineros, el público que reventó más de una sala de conciertos con ganas de dejarse la piel y la voz. Así se despide quien sabe que lo ha dado todo, y lo ha recibido todo a cambio.

“Solace”: Epílogo de una evolución (y un punto y aparte)

Pero ojo, los galos no se han ido sin dejar rastro. Solace, publicado en febrero de 2025, es esa última carta sobre la mesa. Más abierto, más melódico, con estribillos casi abrazando el pop pero sin soltar el puñetazo hardcore que define su ADN. ¿Blasfemia? Para algunos, puede. Para otros, simple evolución natural de quien no teme abrir la ventana y respirar nuevos aires. Nadie en su sano juicio podía esperar que Stinky se quedase quieto: la inquietud es su bandera.

En la última charla de Clair, su vocalista, se colaba ese aire de liberación: apostar por melodía, por el grito colectivo, es una forma de mantener la llama viva cuando los años pesan y la escena pide algo más que rabia. “Es el paso lógico”, decía entre líneas, “o te adaptas, o mueres en la repetición”. Stinky decidió volar aún más alto antes de plegar las alas. Respeto eterno.

El escenario tiembla: Hellfest y una panda de inconformistas

Si hay un lugar donde el legado de Stinky ha retumbado con fuerza, ese es el Hellfest. Su último paso por el mastodóntico festival francés, en 2024, fue una estampida animal. Pura electricidad, puro vértigo. Ni un pelo de impostura. Quizá sabían que era la última, quizá no. Da igual: dejaron el listón tan alto que, sinceramente, a más de uno se le empañaron los ojos debajo de la gorra. Eso sí, los que buscan postureo o dramas gratuitos mejor que busquen en otro lado.

Un adiós sin excusas, una huella imborrable

Así que aquí estamos, con los oídos zumbando y una pregunta en el aire: ¿es la separación de Stinky el símbolo de que el hardcore va perdiendo guerreros, o es la confirmación de que solo sobrevive quien es fiel a sí mismo? Piénsalo la próxima vez que suene Mourning Flowers o la brutal Under Care a todo volumen. Los caminos se bifurcan, pero la huella de Stinky ya es indeleble: en Nantes, en Francia, en tu playlist y sobre todo, en el recuerdo más sucio, honesto y rabioso del metalcore contemporáneo.

¿Y ahora qué? El futuro después de Stinky

Sabemos que las bandas no mueren nunca del todo. Puede que Clair y compañía ya no disparen juntos el próximo estribillo, pero su legado se resiste a apagar. Tiempos de agradecer, sí, pero también de buscar nuevas trincheras: aquellos conciertos, esas letras, ese sudor compartido en el pogo… Nada de esto desaparece. Por aquí echaremos en falta a Stinky. Y quién sabe, puede que algún día, en otro proyecto, en otra encarnación, la bestia vuelva a rugir. Hasta entonces: hardcore hasta el tuétano.

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