¿A qué sabe un viaje entre el abismo y la luz? Lo descubres cuando te atrapa la oscuridad encendida de un recinto como L’Autre Canal de Nancy y te sumerges en la experiencia de Alcest, Bruit y ese ente espectral bautizado como I -II- I (Two Eyes). Noche para dejarte la piel: ruido, belleza, pulsos tribales y la emoción a flor de piel. ¿Estamos ante algo más allá de un simple bolo de metal? Prepara todos tus sentidos. Esta crónica es pura inmersión.
I -II- I: Ritual en rojo y negro para abrir la grieta
La sorpresa te asalta sin previo aviso: ni el clásico apagón, ni la típica intro enlatada. De pronto, un zumbido al fondo, profundo, grave, que va creciendo hasta que no puedes ignorarlo. Las sombras de I -II- I (sí, dilo como «Two Eyes») se hacen carne bajo las luces encarnadas. Nada de artificio gratuito: teclados altivos como altares, una voz —la de Hélène Ruzic— que corta el aire como un cuchillo etéreo, y el resto de la banda rodeándola en un aquelarre. Su estilo, ese “witchwave” que nadie más se atreve a reclamar, surfea entre el trip-hop, la electrónica industrial y el metal menos domesticado. Esto no es un simple telonero: es una emboscada emocional y sensorial.
El público, mitad expectante mitad inquieto, es envuelto en capas sonoras: guitarras inquietantes, percusión ritual y bajos llenos de veneno. La presentación de su nuevo disco, Apostles of the Flesh, es fuego recién salido del horno —especialmente cuando atacan con Where the Diamonds Are Hurled y Sisters of the Coven. Es como si un brote de luz púrpura y sangre lo tiñera todo y, cuando menos te lo esperas, tienes la piel de gallina. Para abrir boca, inmejorable. Y a los que digan que las bandas jóvenes no tienen identidad… que vengan y lo intenten. Se van entre ovaciones y más de una mirada cruzada del tipo: “¿Qué demonios acabamos de sentir?”
Bruit: Sin streaming, puro vértigo en directo
Cambio de decorado —pero no de intensidad— cuando Bruit toma la escena. Nada de postureo, pero sí un despliegue visual: pedaleras como selvas eléctricas, luces tenues, paisajes proyectados, teclados, violín y violonchelo. El primer duelo se llama Ephemeral: apenas las luces de feria iluminan los pies del guitarrista mientras comienzan a tejer un drama tan dulce como devastador. Luc Blanchot arranca con su cello y la melodía flota sobre el rumor de samples industriales —hasta que la batería de Julien Aoufi rompe la calma como una tormenta tecnológica.
Con Progress / Regress, el grupo se vuelca hacia la introspección: arreglos delicados, pulsos de cuerda, y de pronto —¡bam!— explosión sonora. Las emociones se retuercen entre el metal y el post-rock, y Industry nos deja sin aliento, puro groove opresivo en la batería y melodías de cuerda desgarradoras. ¿Streaming? ¡No, hombre! Aquí nadie quiere venderse a Spotify ni jugar a ser algoritmo: lo suyo es la comunión real, el eco en las paredes, la vibración en el pecho.
El clímax llega con Techno-Slavery / Vandalism: visuales abstractas, oscuridad total y uno de los solos de cello que, si no te arranca una lágrima, es porque tienes corazón de piedra. En el bis, The Machine Is Burning funciona como declaración de intenciones: intensidad, ruido, belleza y caos ordenado. Las palmas no se hacen esperar y, antes de irse, Bruit lo tiene claro: lo auténtico es lo que pasa aquí, ahora, cara a cara.
- 1. Ephemeral
- 2. Progress / Regress
- 3. Industry
- 4. Data
- 5. Techno-Slavery / Vandalism
- 6. The Machine Is Burning
Alcest: El delirio onírico hecho carne y guitarra
Acto final y cambia el paisaje: alfombras, plantas, una luna falsa, aves de piedra… Alcest aparece envuelto en luz cálida. Da igual cuánto hayas escuchado los discos, nada te prepara para lo que suena aquí. Komorebi y L’Envol entran sin apenas respiro, construyendo un caleidoscopio de guitarras reverberantes, melodías celestiales y una atmósfera bañada por el sol naciente. La sala se vuelve cámara de sueños, incluso quienes llegaron escépticos terminan coreando y cerrando los ojos: Alcest transforma la sala en una trinchera emocional, entre el black metal etéreo y el shoegaze de otro mundo.
Améthyste suena fresca y poderosa, introducida por Neige en tono casi tímido. Pero aquí no se toleran silencios incómodos: el set avanza, prescinde de palabrería y gana en inmersión. Cuando atacan Protection o Sapphire la sala tiembla, literal y metafóricamente, y el público es todo un cuerpo vibrando al mismo pulso. Los temas clásicos no faltan: Écailles de lune, Pt. 2 impone un respeto religioso, niebla y luces azuladas envuelven un momento que roza lo irreal.
Le Miroir suma voces como un canto monacal, Flamme Jumelle brilla desde los márgenes del último álbum antes de dar paso a Kodama, con la luz como cuchillo en la oscuridad y el público marcando el ritmo con palmas y gritos. El falso final engaña a nadie; todos saben que habrá bis. Éclosion retoma la energía brutal y, tras los agradecimientos sinceros de Neige, solo falta la última joya: Autre Temps. El silencio es absoluto mientras suena —y el broche final es puro escalofrío colectivo.
- 1. Komorebi
- 2. L’Envol
- 3. Améthyste
- 4. Protection
- 5. Sapphire
- 6. Écailles de lune – Part 2
- 7. Le Miroir
- 8. Flamme Jumelle
- 9. Kodama
- 10. Éclosion
- 11. Autre Temps
¿Conclusiones? Sí, pero no convencionales
Tres bandas, tres formas de sacudirte el alma: desde el conjuro sonoro de I -II- I, pasando por el ciclón sensorial pero nada virtual de Bruit, hasta la catarsis luminosa (y dolorosamente hermosa) de Alcest. ¿Lo de esta noche? No fue solo música: fue un bautismo de fuego, luces y sombra. Y quien diga que el metal y el post-rock solo saben rugir, que se pase por aquí la próxima vez. O bueno… tal vez mejor que no vengan, que así seguimos los de siempre, peleándonos por cumplir los rituales de la oscuridad con la pasión de los iniciados.



