Max Cavalera confiesa por qué escribir letras sigue siendo lo que menos le gusta tras 30 años de carrera

¿Quién lo diría? Treinta años y devorando escenarios a mordiscos, Max Cavalera —el chamán del groove y el metal visceral— aún confiesa que escribir letras es para él una tortura digna de castigo divino. ¿Puede el tipo que ha dado voz y alma a Soulfly, Sepultura y mil proyectos más seguir renegando de la pluma… incluso en 2025? La respuesta es rotunda. Y sí, huele a pólvora.

Max Cavalera: El arte de odiar escribir letras (y sobrevivir al proceso)

No es ninguna leyenda urbana: aunque Cavalera lleva más de tres décadas redefiniendo el metal extremo, eso de sentarse a escribir letras sigue siendo para él una condena. El propio Max, durante una charla reciente en un podcast, se despachó: “Es como hacer los deberes del cole, es un coñazo”. ¿Crudo? Solo es la verdad, sin maquillaje ni riffs afilados para esconderse.

Curioso, ¿no? Un tipo que ha dado a luz himnos donde la rabia y la poesía tribal se abrazan, admitiendo que nada le da más pereza que ese papel en blanco. Como si para este brasileño cada frase fuese una piedra más en la mochila de su cruzada sonora. Así lo suelta, sin filtros y con su acento medio amazónico medio mundial: la creación no siempre es placer, a veces es puro suplicio.

Lo que le salva: el “hook” y la tribu familiar

Pero Max Cavalera no se rinde tan fácilmente. Aunque escribir le fastidie, hay algo que le arrastra al micro una y otra vez: el gancho, ese estribillo simple y pegajoso, casi infantil, que hace que un tema estalle como un alud en la cabeza del oyente. “Mientras más tonto y directo el estribillo, mejor”, suelta mientras se ríe.

Y claro, ahora que sus hijos también pisan fuerte en la arena metálica, el proceso cobra otro color. Zyon y compañía se sientan a su lado, tiran ideas, le animan a distorsionar las palabras y, de alguna manera salvaje, logran que la faena se vuelva menos insufrible. Al final, lo importante es corear juntos y ver a la peña en los conciertos volviéndose loca.

“Chama”: tribalismo, familia y la rabia intacta

El último disco de Soulfly, Chama (cuidado con subestimarlo), es una puñalada directa hecha álbum. Producido entre su propio hijo Zyon y el reputado Arthur Rizk, el trabajo transpira sudor, raíces y esa herencia brasileña que aún le pesa a Max como mil gritos en la selva. Se notan las manos jóvenes y la sangre familiar, sobre todo en los trallazos Favela/Dystopia e Indigenous Inquisition, donde la crudeza y el groove se mezclan como salsa picante en carne viva.

Soulfly, lejos de domesticar su sonido, retrocede hasta el núcleo de su propia esencia: riffs primitivos, ritmos tribales y letras que, por muy arduas de escribir, conectan con esa bestia interior que todos llevamos dentro. Max no intenta reinventar la rueda, solo pone gasolina y prende fuego.

Una agenda endiablada: giras dobles y promesas para Europa

No conforme con firmar un discazo, Soulfly se embarcó en una gira estadounidense llamada “Favela Dystopia”, compartiendo escenario (y familia) con la otra banda de Max, Go Ahead And Die. ¿Lo brutal? Cada noche doblaban set. Sí, doble recital, sudor a raudales y Max berreando hasta quedarse sin aire. Un reto propio de quien todavía se alimenta de la carretera y la locura del directo.

Lo que viene: Max (y Igor) preparados para explotar Francia

La agenda no afloja. El próximo año, Max y su inseparable hermano Igor prometen desembarcar en Francia para un Heavy Week-End en Nancy centrado en el disco Chaos A.D.. Vete preparando para la descarga, porque cuando estos dos se suben juntos al escenario, la historia tiembla. Y quizá, solo quizá, ese trauma personal con las letras se compense con gritos de puro éxtasis colectivo.

¿El arte o la condena? Esto también es metal

En el fondo, Cavalera lo escupe a la cara de todo el mundo: ni el metal ni la creatividad son solo éxtasis y destrucción bonita. Hay trabajo sucio, hay ansiedad, y a veces el folio en blanco se te come más rápido que cualquier gira. Pero ahí sigue Max, forzando la maquinaria y demostrando que incluso odiando el proceso, se pueden parir himnos que hacen historia.

Así que la próxima vez que grites un estribillo de Soulfly (o de Sepultura, o de lo que le dé la gana inventar), recuerda: lo que para ti es fiesta, para él fue penitencia. Y de esa tensión, de ese sudor, sale la magia. O la maldición, según se mire.

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