Billy Corgan desvela los momentos finales de Syd Barrett con Pink Floyd y su turbulenta despedida

¿Puede un genio destruir su propio legado o es justo ahí donde nace la verdadera leyenda? El viaje enfermo y sublime de Syd Barrett en Pink Floyd sigue alimentando debates encendidos entre nostálgicos y puristas del rock. Y cuando el mismísimo Billy Corgan (sí, el gran calvo de The Smashing Pumpkins) decide abrir la caja de Pandora, todo el mundo calla y escucha. ¿Qué demonios pasó realmente en aquellos últimos alientos sonoros de Barrett junto a los Floyd? Aquí va la versión más cruda, honesta y romántica, directa desde la trinchera.

Cuando el caos era el nuevo orden: Pink Floyd y el eclipse de Barrett

Imagine la escena. El estudio apestado a humo, cables y café frío. Pink Floyd aún lo intentaba: arrancarle una chispa de cordura musical a Syd Barrett, su profeta tambaleante. Billy Corgan, convertido en anfitrión filosófico de su podcast The Magnificent Others (ojo, inviten a John 5 para la anécdota), rememora cierta charla casi clandestina con David Gilmour. Gilmour, normalmente impasible, se sinceró: “Era un infierno… intentar seguir su tempo era como perseguir un cometa con los cordones atados”.

Barrett ya era imprevisible como una tormenta en pleno verano. Paraba en seco, improvisaba a otro ritmo, volvía loco a cualquiera en la sala. ¿Qué hacían sus compis? Lo reconstruían todo a trompicones en postproducción. Un acto de lealtad, sí. Pero también de puro masoquismo musical. ¿O quizá era verdadero amor fraternal envuelto en distorsión y delays?

Lealtad o locura: reconstruir el genio roto

Cuando Barrett, símbolo absoluto del psicodelismo y la fragilidad, finalmente voló solo, los Floyd no se borraron del mapa. No. Acompañaron en las sombras dos álbumes solitarios, urdiendo con paciencia infinita y toneladas de cinta un puzzle que ni él mismo lograba recordar al día siguiente. Gilmour, con tono de confesionario, le soltó a Corgan: “Se deslizaba, lento, hacia una locura total”.

¿Y el resultado? Obras impredecibles, inquietantes y bellísimas. Piezas sueltas pegadas, voces errantes, tempos quebrados. Son discos que duelen y fascinan a la vez, espectros de un genio que se negaba a tocar dos veces igual. Esos registros, según Corgan, destilan una belleza crepuscular capaz de helar el alma al oyente más insensible. Vamos, que lo que han hecho muchos después, Barrett lo inventó resbalando por el abismo.

El Pink Floyd de 2025 no echa el freno: leyenda viva (y bien viva)

Ni el músculo ni la musa se agotan en la casa Floyd: en diciembre aterriza una edición mole de Wish You Were Here, con demos, mezclas Atmos y joyitas para los arqueólogos del directo. Mientras tanto, a sus 79 tacos, Gilmour sigue al pie del cañón: álbum en preparación, lanzamientos en vinilo, y The Luck and Strange Concerts grabado en la siempre mágica Roma. ¿A quién le queda la pólvora? A estos dinosaurios, desde luego. Y lo hacen mejor que muchos chavales con TikTok y autotune.

¿Barrett, víctima o fundador del caos rockero?

  • El relato de Corgan pone el dedo en la llaga: ¿hay mayor tributo al rock que rearmar con sudor la locura de un amigo?
  • Pink Floyd no enterró su pasado incómodo; lo transformó en himnos para la eternidad.
  • Los discos en solitario de Barrett siguen siendo la prueba de que la belleza nace del desastre.

Así que, la próxima vez que escuches “Dominoes” en la penumbra, piensa que cada acorde, cada pausa, es una ventana a una mente desbocada y al abandono inquebrantable de una banda que nunca dejó atrás a su hermano caído. Y si aún tienes dudas, dale al play al vídeo de arriba y escucha al Corgan: él sí que sabe lo que es pasar de la luz a la sombra… y volver para contarlo.

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