¿Puede un disco de metal progresivo cambiar el rumbo de una vida? Bueno, si preguntas a Devin Townsend, la respuesta es rotunda: sí, joder, sí. “PowerNerd” no es solo el título de su última criatura, es la chispa que encendió el incendio emocional de un artista capaz de romperse después de medio siglo de contención. Porque, a veces, el muro se rompe. Y el torrente lo arrasa todo.
PowerNerd: la revolución interior de Devin Townsend
Octubre marca el primer aniversario de “PowerNerd”, ese disco que, bajo una fachada ligera, esconde el dolor de una metamorfosis esencial. Townsend, ese canadiense inquieto siempre encasillado entre el genio progresivo y el artista imprevisible, lo confiesa sin rodeos en su newsletter: la composición de este álbum arrancó como un simple recreo sonoro en medio de la producción de The Moth. Un respiro antes del monstruo musical que planeaba soltar sobre el mundo. Pero como suele suceder en el universo del metal, la vida se toma sus licencias y desata el caos en el peor momento posible.
“Una semana después de ponerme a escribir, todo se vino abajo”, admite Townsend. De repente, duelo, cambios personales y una presión profesional asfixiante lo despeinaron hasta los huesos. Las emociones, esas viejas conocidas a las que uno intenta no mirar demasiado de frente, le saltaron a la yugular. “Después de 50 años sin realmente llorar, la presa estalló.” Y lejos de huir, el tipo se zambulló hasta el fondo: transformar el dolor en arte, convertir la lágrima enterrada en riff agudo y estribillo pegajoso. El disco, pensado como un paréntesis simpático, acabó siendo su terapia.
Muchos lo catalogaron como una extravagancia transitoria en su catálogo, pero el propio Devin lo deja claro: “Me obligó a revisar cada esquina de mi vida. Relaciones, curro, familia, hasta mi perro… todo volvió a ponerse en duda.”
Cambio, resiliencia y nuevos monstruos
¿Y qué viene después de tirarlo todo y recomponerlo desde las cenizas? Townsend, lejos de rendirse, sale más fuerte, orgulloso de cómo The Moth –ese disco colosal que ya roza la meta del ‘mix’ final– debe su existencia al cataclismo emocional desatado por PowerNerd. “Sin ese álbum, The Moth jamás habría nacido”, suelta, y sabes que no es una frase hueca. Es la declaración de un creador que se ha permitido desbordarse para crear algo sinceramente monstruoso, brutal y necesario.
Nuevas sendas, pero misma energía monstruosa
Desde que anunció que las giras quedaban en pausa, no ha parado ni un minuto. Devin se ha lanzado al estudio como si fuese un lobo hambriento, mostrándonos versiones íntimas de Divine y From The Heart en acústico, a la vez que experimenta con proyectos paralelos como DreamPeace o esa excentricidad llamada The Ruby Quaker Show. ¿El futuro? Misterio, pero nos deja la promesa de un anuncio jugoso muy pronto. “Estoy deseando contároslo todo”, dice. Y nosotros, con las uñas en la boca, esperando.
Un “gracias” que retumba como un trueno
Lo que queda claro es el agradecimiento sincero con el que se despide, casi gritándolo al viento: “La fuerza de voluntad es lo único que me salvó. ¡A la victoria!” Y conociendo la resiliencia que respira Townsend, no cabe duda de que lo mejor todavía está por llegar.
Así que, si alguna vez pensaste que el metal progresivo era solo cosa de cerebritos inalcanzables, piénsalo de nuevo. A veces, el verdadero poder está en dejar que la presa reviente, dejar que salga todo el lodo, aunque duela. Porque de ese caos nace la mejor música. Palabra de Devin Townsend.




