La canción que dejó sin palabras al joven Lars Ulrich y marcó para siempre su pasión por la música

¿Recuerdas esa primera vez que una canción te voló la cabeza? Ese instante en que todo cambió y el mundo musical ya nunca volvió a ser igual… Pues eso mismo le pasó al mismísimo Lars Ulrich, batería de Metallica, que con apenas unos años fue testigo de una epifanía sonora: “Child In Time” de Deep Purple. Una obra que, en palabras del danés, le atraviesa y le sigue quemando la piel décadas después. ¿Mito? ¿Exageración? Sigue leyendo y te aseguro que hay razones de sobra.

El viaje iniciático de Lars Ulrich: Deep Purple y el despertar de la bestia

Pongámonos en situación: Copenhague, 1973. Un jovencísimo Lars, acompañado por su padre —ese mismo que le metió el veneno del rock en vena— presencia a Deep Purple en directo. Y no es una banda cualquiera, ni un bolo sin más. Es la formación original rompiendo moldes, justo en esos años donde el hard rock aún olía a peligro, humo y libertad. En ese escenario, “Child In Time” no era simplemente una balada progresiva. Era la balada progresiva. Un himno que se estiraba, se retorcía y mutaba dependiendo del estado de ánimo del grupo.

Lars lo recuerda como si le hubiera mordido un relámpago. Un shock vital, el tipo de experiencia que te abre la puerta a nuevas dimensiones del arte: “Era tan libre, tan impredecible… No sonaba a nada que hubieras escuchado jamás en la radio. Cada vez era diferente. Vivía y respiraba como un animal salvaje.”

“Child In Time”: un monstruo vivo en cada directo

Deep Purple la grabó para la posteridad, sí, pero nunca fue la misma dos veces. Desde Made In Japan —ese disco en vivo reverenciado donde el grupo incinera los decibelios a base de solos descomunales— hasta las noches perdidas en clubs humeantes, había una verdad incuestionable: escuchar “Child In Time” es como asomarse a un abismo, sin red ni cámaras de seguridad.

No es casualidad que Lars insista en el carácter “vivo” de la canción. Fuera de los esquemas de cualquier género, jugaba en su propia liga. Una jam fresca, casi una invocación que podía durar 12 minutos o 27, ¡qué más da! Una bofetada para cualquier oyente novato que venía del rock de radiofórmula.

Legado: la influencia de Deep Purple arde… y no hay nadie a salvo

Puede que hoy Metallica juegue en estadios reventados, pero Ulrich jamás pierde de vista ese escenario de los setenta donde sintió por primera vez el galope auténtico del rock. Él mismo rindió tributo a Deep Purple en 2016 cuando tuvo el honor (y el gustazo) de introducirlos en el Rock & Roll Hall of Fame, reconociendo su carácter salvaje, su técnica descomunal y ese toque volátil que nunca se apaga.

Y no sólo Lars. El propio Bruce Dickinson (Iron Maiden) ha confesado que aquel Made In Japan le alteró para siempre. ¿Casualidad? Ni hablar. Ese disco, recién reeditado en versión súper deluxe por su 53 aniversario, sigue siendo una metralla de creatividad y desenfreno para las nuevas generaciones.

De los vinilos polvorientos a Stranger Things

La llama sigue viva, y no solo entre los viejos rockeros. La reciente aparición de “Child In Time” en la quinta temporada de Stranger Things no es casualidad: la cultura pop se rinde ante un tema que nunca ha perdido ni un gramo de fuerza, ni de peligro. ¿Cuántas canciones sobreviven intactas tras medio siglo, resistiendo tanto el desgaste de la nostalgia como la sobreexposición serial? Muy poquitas, amigos.

Los clásicos nunca mueren: Ulrich, Dickinson y la juventud de lo eterno

Lo fascinante del asunto es esto: para Lars Ulrich —como para millones de nosotros— hay canciones que marcan un punto de no retorno. Y lo mejor de todo es que siguen ahí, esperando a arrastrarnos en cada nueva escucha, como un monstruo hambriento y vibrante. Puede que hoy Miles de adolescentes descubran Deep Purple a través de Netflix. O puede que un chaval de barrio en Madrid, Lima o Monterrey ponga ese riff incendiario y sienta una descarga semejante a la de Ulrich hace medio siglo en Dinamarca.

“Child In Time” no solo cambió a Lars. Cambió el rock. Cambió a todos los que se atrevieron a escucharla con la mente abierta. Quizá el verdadero heavy metal no sea un género: es ese momento único en que una canción te atraviesa, te desafía… y te deja marcado para siempre.

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