¿Deep Purple sin Steve Morse? Sí, y tampoco parece que vayan a llorar por ello. Tres años después de su salida, el mítico guitarrista se sincera: ni él echa de menos al grupo, ni algunos en la banda lloraron su marcha. Así de sencillo. Así de brutal. Y ahora, mientras Deep Purple sigue su travesía por el universo rockero con sangre nueva en la guitarra, Morse renace entre solos eléctricos, melodías afiladas y un puñado de historias que huelen a carburante y nostalgia. ¿El final de un ciclo? Más bien la chispa de una nueva era para ambos colosos del hard rock.
La separación definitiva: cero drama, toda sinceridad
El 2022 no fue solamente el año en que el heavy metal resucitó en festivales tras la pandemia; fue también el año que marcó el adiós rotundo de Steve Morse a Deep Purple. ¿Motivo? El amor, sin rodeos: acompañar a su esposa enferma. Pero en el rock, las historias personales siempre se enredan con viejas tensiones. El propio Morse lo suelta sin anestesia en una charla reciente: “Había dos tipos realmente felices de que me fuera.” Y no, no hay espacio para sentimentalismos aquí. Algunos miembros de Deep Purple anhelaban un regreso a las raíces, quieren la crudeza del rock sin malabarismos ni arreglos barrocos. Morse, simplemente, iba por otro camino. Sin puentes rotos, sí, pero sin puntos suspensivos.
Eso sí, la posibilidad de un fugaz reencuentro sobre el escenario se desvaneció más rápido que un solo de guitarra mal afinado. Morse lo deja claro: tanto él como la bestia púrpura duermen mejor en camas separadas. Y es que en el fondo, el rock es excesos… pero también dignidad.
Triangulation: Morse resucita, pero a su manera
Del luto al renacimiento. El hombre se reinventa y se lanza directo a lo instrumental —sin prejuicios, ni etiquetas. Su nuevo trabajo, Triangulation, es pura terapia, pura catarsis: “Todo lo que levanté con Deep Purple desapareció de golpe. Pero este disco me ha devuelto el pulso”, confiesa Morse, casi susurrando.
El álbum arranca con “Breakthrough”, un tema que —cuidado— pone a prueba tus sistema auditivo de tanto brillo y tralla energética. Volver a compartir líneas de bajo con Dave LaRue y cruzarse los dedos junto al mago John Petrucci le ha dado alas frescas: “Tocar con John es como respirar, nos entendemos al instante”, dice Morse. Pura química, sin egos, sin grilletes de viejas glorias.
Deep Purple: el monstruo sigue rugiendo… y no mira atrás
Con Morse fuera de escena, la guitarra púrpura cayó en las manos de Simon McBride. Primero en plan parche, pero pronto como miembro total. Y atención a los puristas: el nuevo álbum, =1, ha recibido más aplausos de la crítica de los que muchos se atreverían a admitir. Vale, no es el In Rock, ni el Machine Head. Pero tampoco le tiembla el pulso.
Y la bestia sigue su ruta por Europa en 2026, con parada obligada en la Adidas Arena de París y conquistando plazas de Noruega a Italia, pasando por España y las frías tierras británicas. Ian Gillan, el hombre que desafía al tiempo con ochenta primaveras, lo sentencia: Deep Purple sigue, y solo la dignidad les quitará el micro cuando llegue la hora. Pero, de momento, ni hablar.
La montaña rusa personal tras el telón violeta
Morse no lanza dardos envenenados, pero tampoco se anda con paños calientes. Casi tres décadas tocando con una banda legendaria sólo para, al final, comprobar que el matrimonio estaba abocado a romperse. Pero aquí hay cero victimismos. Ni eternas despedidas. Solo desgarro real, pero necesario, y un horizonte plagado de distorsión, libertad y melodías imposibles.
Mientras Deep Purple avanza con nuevos aullidos y Morse explora su galaxia de solos imposibles, la lección para todos es clara: en el rock, quedarse quieto es morir. Y ni Morse ni sus antiguos compañeros han nacido para el silencio.




