Yngwie Malmsteen arremete contra sus antiguos cantantes por aprovecharse de su nombre en sus discos en solitario

¿A quién pertenecen realmente los himnos del shred? El inefable Yngwie Malmsteen vuelve a prender la mecha en la escena del heavy metal. Con unas declaraciones que más parecen un mazazo de Stratocaster a la mandíbula de sus excolaboradores, el guitarrista sueco ha desencadenado una tormenta sobre derechos, egos y la verdadera autoría tras su discografía. ¿Es Malmsteen el único arquitecto de su imperio neoclásico? ¿O hay algo de justicia en la reivindicación de sus antiguos vocalistas?

Malmsteen, el amo absoluto: ¿Genio inspirador o déspota del shred?

Cada vez que Yngwie Malmsteen abre la boca—o mejor dicho, pulsa el enter en redes sociales—es como si asestara un solo cargado de furia y arrogancia. En su más reciente arrebato digital, Malmsteen ha dejado claro, con ese tono suyo que huele a cuero sueco y a amplificador valvular recalentado, que sus discos en solitario son, pues, suyos y solo suyos. ¿El matiz? Los cantantes que alguna vez pusieron voz a sus temas no deberían “capitalizar” su nombre ni presumir de legado dentro de la obra magna del guitarrista.

Yngwie ni corta ni perezoso, acusa—sin dar nombres, porque eso sería demasiado directo incluso para él—a varios de sus exvocalistas de beneficiarse del peso de su ‘marca’. Dice, casi escupiendo riffs: “Cantar en MIS discos no os otorga derechos, ni autoría, ni legado”. Y por si acaso no quedaba claro, remata: “Fuisteis músicos de sesión, se os pagó como a tal. Punto”. Ya está, ¿no? Fin de la historia… o casi.

Mats Levén y el efecto “Facing The Animal”: ¿De colaborador a usurpador?

Todo esto no es ningún berrinche gratuito. La polémica arde justo cuando Mats Levén, aquel mismo que puso garganta en el potente Facing The Animal (1997), planea shows centrados en ese histórico disco. Levén asegura que aportó entre un 30 y un 35% de las letras, algo que a Malmsteen le suena a chiste privado. Para el sueco, escribir una frase aquí o allá, pues no te convierte en autor. Un “corta el rollo” en toda regla. ¿Quién tiene razón? El tema está candente y la parroquia metalera, dividida.

Yngwie: el lobo estepario de la guitarra eléctrica

No es ningún secreto: Yngwie lleva años presumiendo de ser el lobo solitario del virtuosismo. Desde hace tiempo, él mismo se hace cargo de las voces sobre el escenario, rodeado únicamente de su círculo de músicos de confianza—Nick Marino a los teclados, Emilio Martinez al bajo, Kevin Klingenschmid en la batería. “Siempre he compuesto yo las melodías, las letras, todo”, afirma en entrevistas recientes, como quien desafía al mundo desde lo alto de su torre de marfil. La verdad es que, incluso cuando colaboraba con cantantes, jamás aflojó un ápice el control creativo.

Un perfeccionista sin filtros… ni remordimientos

Con 62 años y la energía de un dragón alimentado a arpegios, Malmsteen no sólo sigue sacando discos—el último, un directo grabado en Tokio que huele a humo de escenario y sake derramado—sino que ahora también vende suplementos alimenticios bajo su propio nombre. ¿Quién dijo que el metal no se reinventa?

En cuestión de control, Yngwie no esconde su obsesión: “Si me llamáis maniático, os doy la razón. Culpa mía y bien orgulloso”, ha declarado. Por supuesto, un hombre así no se gana sólo amigos. Esta actitud recorre su trayectoria desde los ochenta como un endiablado solo de guitarra: rápida, implacable y sin pedir permiso.

¿Legado compartido o dictadura creativa?

Aquí viene la pregunta: ¿dónde está el equilibrio entre el genio individual y la huella de quienes le rodean? ¿Es justo invalidar la aportación de sus vocalistas, aunque hayan puesto algo más que simple voz? O el heavy, como la vieja Europa, es feudo de príncipes y plebeyos, y el trono nunca se comparte.

  • El debate está servido. Los fans discuten, los músicos se defienden y Malmsteen—como siempre—sigue a su bola, imprimiendo carácter en cada nota, en cada declaración, hasta en cada producto machacapúa que pone a la venta.
  • Quizá algún día reconozca que, para que una canción trascienda, necesita más que dedos veloces y egos ardientes. O tal vez, nunca. Porque, a fin de cuentas, en la corte de Yngwie sólo hay sitio para un rey. Y lo demás, ya sabéis: ruido y furia.

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